martes, 12 de mayo de 2015

La niña del columpio


 

La niña del columpio: 

 

Rodaban los años cincuenta, del siglo veinte. Cuando  la niña era niña.
 

Tiempos difíciles y duros. Sin  radio y mucho menos televisión. 

Como entretenimiento solo  un viejo columpio de cuerda dura, que dañaba las
 

tiernas manos con las hilachas del esparto.
 

Hija mayor de cinco hermanos.  Con doce años, la niña  paso de ser niña,
 
 a ser mayor.
 
Encantada de la vida, limpiaría la casa  y cuidaría a sus hermanos,  mientras 

sus padres salían a trabajar al campo.
 

Sofía que así se llama  la niña, seguiría en su afán por   columpiarse.
 

-Impaciente  deseaba que llegase el domingo para   balancearse en el dichoso
 

Columpio.
 

Sofía  caminaba siempre de prisa y corriendo, pues tenia muchas cosas que 

 hacer. 

 Era un domingo de invierno, cuando caminaba hacia el sitio donde pensaba
 

divertirse, con el bamboleo del susodicho columpio, de  dura y áspera soga,
 

 cuando  se   acercan unos muchachos de su misma edad,  empujándola
 

fuertemente la  invitan a   abandonar  la zona.
 

Cabizbaja y tiritando de frió Sofía se da la vuelta para marcharse a casa,  ella
 

Se dio por aludida, lo que si tiene claro es que no se doblegara en su propósito.
 

 Y  concienciada de que estos no le dejaran en paz  se marcha… ¡pero volverá! 

Camino a casa y en vista de que no es la primera vez que le suceden cosas sí
 

 llora y piensa a la vez que hacer en la siguiente, pues lo que tiene claro es  

que no dejara  de lado  su columpio.   

Ya,  entrando en la calle larga  camino a casa, observa como un joven de su
 

vecindad la esta mirando, a través  de una vieja ventana de madera 

agujereada por el paso de los años. Pero Sofía no está para nadie y con  

gesto brusco  empuja insistente mente la puerta  chirriante… ella no necesita
 
 llave  por  que en aquel tiempo las familias solamente tenían una llave grande  

para  todos, lo cual siempre estaría  insertada en el afechadero de las puertas.
 

Un día  de primavera,  la joven Sofía dice a su madre que quiere ir a  la vega,
 

 a trabajar, así puede comprarse  un vestido y una “rebeca” de lana, de color
 

gris, con una raya roja bordeando el cuello. Y si encuentra la rebeca con una  
 

raya roja y otra azul, pues aun mejor, ya que contrastaría muy bien con el 

vestido de color azul y  cuello  blanco. 
 
Uno de esos días  después de la cena, ya que durante las comidas tenían
 

prohibido hablar y levantarse de la mesa, “sobre todo antes que el padre”…
 
 la  madre hace un comentario al padre, sobre las inquietudes de su hija Sofía.
 
-¿Padre a esta niña se le ocurren  cosas  algo raras no te parece?
 

-Bueno… ¡Es por que ya va siendo mayor!-  responde  el Padre.
 

-¡Ella tendrá que hacer o comprar lo que nosotros le digamos,  no lo que ella
 

quiera! -Recalca algo alterada la mamá de la niña. 

-¡Mujer déjala!   …los tiempos cambian. 

Una tarde noche de domingo, al volver de la novena  a San Miguel.  Ya con su 

ropa nueva, tal y como  un tiempo atrás lo pensase, además estrenaría también  

un velo corto,   de color negro con orlas en color marfil. Lo llevaría  bien 

 colocado sobre el nuevo peinado que también quiso hacerse para lucir más su 

nuevo estilo. 

El peinado seria dos trenzas enlazadas, bordeando la parte más alta de la  

cabeza y, por encima el flamante velo. 

Al salir de la Iglesia las miradas la rodean por todas partes. –Desearía  salir 

corriendo, pero…  Alguien se cruza  por delante y le dice:  

-Nadie es tan guapa como tú.  

Sofía no sabe  que le esta pasando… solo quiere llorar. Las amigas la critican y 

no le hacen caso. El  joven al cual dice gustarle; ella no le puede ni ver pues
 
piensa que por mirar,  solo por eso esta cometiendo un pecado, y luego el cura
 
cuando vaya a confesarse le pondrá  una penitencia muy grande

 

            -El tiempo pasa y Sofía se va haciendo más y más mayor. Ahora le  

tocara ir por la calle un poquito  “encorvada,”  y es que ya es verano y le da  

vergüenza que le  abulten las tetillas   por encima de la blusa. 

-¡Joe… quiero apretarlas para que no se noten, pues los muchachos no  hacen 

más que mirármelas!  Y las amigas  me odian por tenerlas. 

Ella  realmente esta contenta pero no lo puede decir y aunque le dicen que es 

pecado tocase en ciertos sitios, la curiosidad le tienta. Y por la noche al 

meterse en la cama,  en la misma habitación que sus hermanos pues  que es la  

única que hay en la casa, a parte de la de los padres… 

 Ella  se va pasando sus pequeñas y finas manitas por los  duros bultitos, algo 

que le agrada mucho. Sin embargo…  todo esto, la vuelven a desesperar.
 

 ¿Por qué todas estas cosas me pasan a mí  antes que a mis amigas?  

Sofía cuenta todo esto a una vecina seis  años mayor que ella. Esta le  

Aconseja que no tenga miedo a nada ni a nadie. Que la gente es muy criticona, 

 pero es  por envidia. Esto le da mucho que pensar a Sofía  que no se le

terminan los  problemas.  

Una tarde  que  pudo conseguir el columpio sin esperar para balancearse, pues ella  

 estaba sola y disfrutó  del buen tiempo y la tranquilidad, columpiándose
 
a  sus anchas. Mientras sus cabellos  al viento acarician sus mejillas.  

 Cuando se da cuenta de que algo nuevo le esta pasando... Intenta averiguar el 

 por que de su malestar, pasando sus dedos  bajo el vestido azul, se nota 

mojada…- Salta rápidamente del columpio y  se marcha corriendo.  Solo ve 

 una persona en el trayecto,  que intenta ayudarle por si le sucede algo.  

-Al acercarse,  ella  le suelta una  gran bofetada. Y sigue corriendo  hasta casa  

de  su  mejor amiga y vecina;   le pregunta si por eso que le pasa es que  esta 

 enferma  pues tiene molestia y mancha de rojo, por lo cual le da miedo. 

La vecina será quien la ponga al día de el por que de todos estos cambios en el 

cuerpo de las personas  -¡Pues vaya peste de cosas que nos van pasando al hacernos
 
mayores! - Es el único comentario que hace Sofía.  

-Pero… ahora que no se te acerque ningún muchacho” que  las muchachas  

nos podemos quedar embarazadas.  

¡Esto si  que le da que pensar a Sofía!  Que nada mas ver a  su vecino, le pone 

 una  mala cara que no puede con ella. 

 ¡Por cierto! Esa misma tarde  cuando Sofía sale de casa a comprar algunas 

 cosas   que  le ha mandado su madre, se encuentra con el chico. 

Hola Sofía,... ¡No, no corras… solo quiero decirte  si quieres mis tebeos,  para 

 Leerlos… se que te gustan!  

-Bien  dámelos pero sin  tocarme ni las manos. -Le dice la  joven  algo más  

tranquila. Pues la explicación de su vecina le ayudo mucho a comprender.
 

 

Un año más tarde…

 

Sofía  Continúa creciendo y cada día que pasa siente más atractivo, 

 y curiosidad  por  las  tendencias y la moda femenina, en todos los aspectos,   

algo   que  tan solo sabe valorar su ya entonces buen amigo y vecino, Fernando. 

Aun con el paso del tiempo, las  amigas continúan con  las críticas y malos  

humos  hacia Sofía. 

Fernando es    un joven    simpático y muy apuesto…mala cosa para la joven 

por eso de las envidias de sus amigas una vez más.   

Este mismo verano  el joven  y su familia  se marchan  a trabajar de 

 temporeros  en la recogida del algodón. 

 Sofía le hecha mucho de menos, a penas sale de casa. 

Aunque ya es mayor ella sigue acercándose hasta el columpio. -Se sienta en 

el,  viendo la puesta de sol, que la va deslumbrando. Mientras ella sueña,  

sueña y sueña.  

 ¡Fernando,  me as engañado, pues ni siquiera te despediste!  Ni me diste mí 

 pañuelo, el que te presté para sacarte la mota que te entró  en el ojo, Yo creí  

que  éramos amigos, ya solo me queda este columpio como recuerdo. 

Sofía al cumplir los quince años,  harta de soñar con lo imposible… se 

 marcha. Alguien le prometió  que muy lejos podrá trabajar en fábricas y no a la  

intemperie. Y ganar dinero para vestir  como a ella le gusta y, proporcionar el  

bienestar de sus  padres y hermanos. 

 

Seis décadas más tarde… 

 Ya pasado el tiempo se marcha la niña.  Muy lejos del pueblo ya vive la niña. 

 Que suspira y llora siempre que se acuerda. De la vieja soga colgada en la 

 encina. Del joven vecino… también su  vecina.  

Años de silencio sin cuerda  ni encina.  Sin dulces recuerdos,  ni amargas 

 desdichas. Ni trenzas ni velo. No llevo rebeca ni vestido nuevo. No soy una 

 niña ni pretendo serlos, ya nos vienen otros pisando el terreno.  

Deja que me mire un poco al espejo, por si las arrugas son solo el reflejo, de 

  esta luz tan pobre… ¡me comprare otra, que no tenga arrugas ni cabellos 

blancos!  Guardaré mis manos dentro del bolsillo, les pondré más cremas y 

 nuevos anillos. 

Ya pasan los años, años de silencio, y  llega la hora de volver al pueblo.  ¡Lo 

 encuentro mas chico! ¿Oh es que no me acuerdo? La calle empedrada, los 

 vecinos nuevos, hacen que me olvide,  de todos aquellos. 

¿Donde están los míos? que ha sido de ellos. Pregunto  a la gente y escucho 

 silencio. 

 Donde están los hijos, donde están los nietos…onde están los años 

que pase con ellos. Donde mi vecino ¿Oh  fue solo un sueño? 

Nadie me conoce…  ríen en silencio. Parece que el tiempo no pasó por ellos. 

Husmean, susurran cuentos y más cuentos. Que si la vecina. -Que quienes han 

 vuelto. 

 Las tristes campanas ya tocan a muertos. 

 Del  viejo columpio  yo les estoy viendo.

¿Quien es aquel hombre? Se acerca en silencio, 

le tiemblan las piernas, blancos sus cabellos. 

¡Deja que te ayude no caigas al suelo! 

¿Por qué llegas tarde? ¡Sabes que te espero! 

 No tengas reparo, no me tengas miedo.  

  En el otro mundo junto  estaremos. 

El sol me deslumbra frente al cementerio. 

No pongas tu mano sobre mi cabello.  

 Las tienes más blancas que los  propios  muertos.

 Que nos dejen juntos  por siempre aquí dentro. 

Como  mariposas eternas seremos. 
 

Hortensia Alcalá García