miércoles, 30 de noviembre de 2016

Promesa fatal


Promesa fatal

  (IV)

 

            Pasadas unas semanas solo el silencio se hizo visible en la vida de Dora, no podía entender que Eliseo no apareciera por ningún lado  paseando a su nieto en el cochecito.

Dora habla entre sí,  se dice no entender que quizás el hombre de los ojos azules y pequeñitos,  se molestara por el despiste de  extraviar  el libro...pero es cierto que fue un olvido  “sin fundamento,” Tendría que fijarse un poco más en lo que tiene entre manos.

 

            Al día siguiente,   Dora se  pinto las uñas y  cambio de peinado, uno algo mas juvenil. Se vistió con colores más vivos y vanguardistas acordes a la época estival.

Se puso un poquito más del perfume que utiliza, porque sabe bien que a Eliseo también le gusto. Ella  lo notó cuando en el parque se acerco a él.  Así que se decidió a salir  a la calle de nuevo a despejarse  porque estaba aturdida e inquieta.

 

            Un chaparrón inesperado  le hace refugiarse en una cafetería, donde pide un café y el periódico.-  No para de llover!!  Dora es curiosa por eso se sentó en la mesa más cercana a una ventana,  para  ver cuando cesaba la lluvia.  Por unos instantes se ausento del mundo… apoyando el codo en la mesa y la  mano en la frente,  suspiro. Después tomo el último sorbo de café y retiro de su lado el periódico. Cruzo las piernas  golpeando la mesa  de al lado y al separarla de la  silla, vio sobre la mesa un libro como el que ella perdió en el parque.  Se puso nerviosa y sin pensarlo lo abrió y fue a la última  página... Dora  Antúnez Muñoz.  ¡Menuda sorpresa! Se dirige a la barra y pregunta  al camarero de la cafetería  como llego el libro hasta  allí a lo que él contestó que no tenía ni idea.

 

            Dora continuo pasando hojas del libro hasta que encontró una nota escrita  en el reverso de una tarjeta de direcciones  de una   asesoría jurídica. La nota decía: “fue una promesa, Dora lo siento”.   Esa noche seria para Dora una noche complicada, pues Eliseo  tenía 73 años, entonces no podía ser de su trabajo la tarjeta.

 

            Era domingo sobre el mediodía, se celebran comuniones. Dorita la nieta de Dora  junto a su familia salen de la iglesia tras recibir por primera vez el  sacramento de la eucaristía. Entre el tumulto Dora busca el modo  de  apartarse unos minutos de la familia.

Tercia sobre su brazo izquierdo   la chaqueta de Dorita, que ella  días antes tricotó para ese día. Era beige con una cinta  azul  en  la cintura. Dora, siente la necesidad de  ir al parque del palacio del Duque de Sotomayor, que fue tan amable hace un tiempo de abrirlo al público para el disfrute de los vecinos  y visitantes  a la villa.  -,Al cruzar  la verja de entrada  al  entorno del  palacio ella sintió  como una sacudida de angustia, pero continuo la marcha adelante hasta el asiento de madera donde esta  normalmente se sentaba cuando  el banco estaba libre, a la sombra de un  gran Roble. Junto a los rosales de rosas roja y blancas.

En esta ocasión  alguien ocupaba el  asiento, pero ella se sentó  también ya que parecía estar algo mareada.  Dora paso los  dedos por su cabeza colocándose el pelo, después se froto las manos y puso  encima de las piernas la chaqueta de Dorita.

 

             El hombre de mediana edad la miro, se incorporo y le pregunto si se encontraba bien. -Si muy bien gracias- contestó Dora.   El hombre joven insistía en ayudarla, le presento sus respetos y le dijo llamarse Bruno. Ella le dijo su nombre. En este caso fue Bruno el que tuvo que sentarse rápidamente. Bruno  le dijo que desde hacía unos días, se acercaba a ese sitio para buscarla, que debía darle un recado. -Que el recado se le perdió...y no sabe donde   lo dejo. Que si su padre levantara la cabeza le pondría fino, por ser así de despistado,  pues no le gustaban los descuidos a su padre... pero Bruno continuaba despistado y no se fijo que Dora  lloraba al escucharle, que ya supo el por qué de la ausencia de Eliseo.  Bruno continuaba relatando… y  Dora llorando. Bruno le contó que su padre le dejo el recado y le indicó donde podía encontrar a la mujer que le limpio la cabeza con una toallita de bebes.

Que Dora tenía  la  sonrisa   más maravillosa que vio jamás.

Que le hacía temblar si le  miraba.

Que él no podía mirarla, porque le gustaba a rabiar.

 Que él le prometió a su esposa desaparecida de  larga enfermedad, que  jamás se fijaría en otra mujer. Y no fue su culpa ni él  la busco, pero apareció la mujer.

 Eliseo,  luchó contra  su propia voluntad.

 Delicado de salud. Forzosamente   cumplió  lo prometido  a su mujer, para la  eternidad.

Ella: Dora.

El: Bruno.

Hortensia Alcalá   García  
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